En la nota segunda explica el carácter opresivo de todo Estado, que descansa necesariamente en la explotación y la esclavización de las masas y que, como tal, oprime y pisotea las libertades del pueblo y de toda forma de justicia, está condenado a ser brutal, conquistador, rapaz en sus relaciones con el exterior. El Estado -cualquier Estado, ya sea monárquico o republicano- es la negación de la humanidad. Lo es porque establece como su propósito más alto y absoluto el patriotismo de sus ciudadanos y coloca, según sus principios, por sobre todos los otros intereses del mundo el de su propia conservación, el de su poder dentro de sus límites y más allá de ellos. El Estado niega los intereses particulares y los derechos humanos de sus súbditos, así como los derechos de los extranjeros. Viola la solidaridad internacional entre los pueblos y los individuos, ubicándose fuera de la justicia y fuera de la humanidad”. La naturaleza del Estado se manifiesta del mismo modo “ad intra” y “ad extra”: el hecho de que necesariamente oprima al pueblo que les está sometido, conculcando todos sus derechos y negándole o retaceándole la libertad y la justicia, halla su concomitante y su lógico complemento en la voluntad que todo Estado tiene, manifiesta o latente, de oprimir a los demás Estados. El Estado es así la negación de la humanidad: 1.- porque desconoce la condición humana de sus súbditos, al negar su libertad y al ejercer sobre ellos una injusta opresión, 2.- porque niega necesariamente la humanidad de los pueblos que le son ajenos, al hacerlos objetos de sus conquistas y ver en ellos masas posibles de esclavos. Nada importa que se trate de un reino o de una república: tales características se dan por igual en cualquier Estado, puesto que son propias de su naturaleza o esencia. Bakunin, que durante un largo período consagró todas sus energías a luchar contra las monarquías tradicionales de Austria, Prusia y Rusia con el objeto de establecer en esos países repúblicas democráticas y federativas, ha llegado ya al final de su vida a la convicción de que no existe ninguna diferencia esencial entre un Estado republicano y uno monárquico, ya que el mal que les es propio reside precisamente en su condición de Estados. La negación de la humanidad, que constituye nota esencial del Estado, se manifiesta en el patriotismo que aspira a desarrollar en todos y cada uno de sus súbditos. (más…)
Una síntesis del pensamiento del último Bakunin VII
15 Septiembre 2008 · 2 comentarios
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Falacias de la Democracia
15 Septiembre 2008 · No hay comentarios
La palabra “democracia” y, por ende, el mismo concepto que ella designa, tienen su origen en Grecia. Parece, pues, lícito, y aun necesario, recurrir a la antigua lengua y cultura de la Hélade cuando se intenta comprender el sentido de dicha palabra, tan llevada y traída en nuestro tiempo. Para los griegos, “democracia” significaba “gobierno del pueblo”, y eso quería decir simplemente “gobierno del pueblo”, no de sus “representantes”. En su forma más pura y significativa, llevada a la práctica en la Atenas de Pericles, implicaba que todas las decisiones eran tomadas por la Asamblea Popular, sin otra intermediación más que la nacida de la elocuencia de los oradores. El pueblo, reunido en la Ekklesía, nombraba jueces y generales, recaudadores y administradores, financistas y sacerdotes. Todo mandatario era un mandadero. Se trataba de una democracia directa, de un gobierno de todo el pueblo. Pero ¿qué quería decir aquí “pueblo” (demos)? Quería decir ” el conjunto de todos los ciudadanos”. De ese conjunto quedaban excluidos no sólo los esclavos sino también las mujeres y los habitantes extranjeros (metecos). Tal limitación reducía de hecho el conjunto denominado “pueblo” a una minoría.
La democracia directa de los griegos, que en lo referente a su principio y su forma general, aparece como cercana a un sistema de gobierno ideal, se ve así desfigurada y negada en la práctica por las instituciones sociales y los prejuicios que consagran la desigualdad (esclavitud, familia patriarcal, xenofobia). (más…)
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Totalitarismo y Autoritarismo
14 Septiembre 2008 · No hay comentarios
El pensamiento tradicionalista (y, en particular, la neoescolástica) distinguía hasta no hace mucho entre regímenes absolutistas y totalitarios. Según él, un régimen absolutista, como el de Felipe II en España o el de Luis XIV en Francia, como, en general, el de todas las monarquías europeas antes de la Revolución Francesa, se caracterizaba simplemente por el hecho de que el soberano gobernaba sin estar sujeto a ninguna ley o constitución emanada de la voluntad popular o surgida de cualquier otra voluntad humana ajena a la suya propia. El gobernante absoluto, sin embargo, debía ajustarse, y supuestamente se ajustaba, a la ley natural y a la ley divina. No tenía que rendir cuentas al pueblo ni a sus representantes, pero sí al tribunal de Dios. En cambio, un régimen totalitario, como el nacionalsocialista en Alemania o el bolchevique en la Unión Soviética, es aquel que hace emanar del Estado toda legalidad (y aún toda moralidad) y que reconoce por encima de la voluntad estatal ni una ley natural ni una ley divina, del mismo modo que no reconoce ninguna voluntad popular. El gobernante totalitario no da cuentas ni al pueblo ni a Dios; sino sólo, en todo caso, al éxito y a la eficiencia de su gestión. (más…)
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