Bakunin, que no se caracterizaba por ser un escritor sistemático y cuyos libros nacieron todos al calor de la lucha revolucionaria, una clara síntesis de su pensamiento.
La misma aparece en El programa de la Alianza de la Revolución Internacional, que escribió en francés y fue publicado en 1923-1924, en Berlín, en revista rura Anarchicesky Vestnik (Correo anarquista).
Según dice Netlau, dicha síntesis fue escrita por Bakunin entre el 25 y el 30 de marzo de 1871, lo cual quiere decir que representa el pensamiento de su último período.
Se trata de 19 tesis en las que se ubica al hombre frente a la naturaleza y la sociedad. Hay en ellas una “metafísica” (aunque el término no sea del agrado de Bakunin), una antropología, una ética y una filosofía social. Algunas están seguidas de notas, que hacen a veces el papel de corolarios y escolios.
“I. La negación de Dios y del principio de autoridad, divino y humano, como así también de cualquier tutelaje ejercido por un hombre sobre otros hombres. Aún cuando tal tutelaje sea aplicado a personas adultas carentes por entero de educación, a masas ignorantes, y ya sea este tutelaje ejercido en nombre de las más altas consideraciones, o inclusive de razones científicas presentadas por un grupo de nivel intelectual reconocido o por alguna otra clase; de cualquier modo conduce a la formación de una especie de aristocracia intelectual, sumamente odiosa y perjudicial para la causa de la libertad”.
La negación de Dios es paralela a la del principio de autoridad. No se trata tanto de una tesis especulativa como de una actitud emocional y práctica. Más que un ateísmo debiera hablarse, pues, de anti-teísmo o. Como el mismo Bakunin dice, de antiteologismo. Pero para ser más precisos, habría que decir que el rechazo de la autoridad, que surge en Bakunin de una inicial y profunda rebeldía, origina una concepción anti-jerárquica del mundo y de la vida, que se traduce, de acuerdo con el momento histórico, en materialismo y naturalismo y, por tanto, en ateísmo. Junto con Dios es negada toda autoridad divina o humana, es decir, la Iglesia y el Estado, como organizaciones jerárquicas que pretenden fundarse en la voluntad de Dios y en la naturaleza del hombre, respectivamente.
Más aún, Bakunin rechaza cualquier forma de dominio o dirección permanente de un individuo sobre otros individuos, sin que valga como excusa la ignorancia o la falta de educación de éstos. De esta manera se opone a las concepciones “cientificistas” de su época, que veían en el saber (y, sobre todo, en el saber científico) una fuente de poder político, y a aquellos positivistas, como Taine y Renan, que propiciaban (siguiendo antiguas aspiraciones platónicas, aunque con una teoría de la ciencia opuesta a la de Platón) el gobierno de los “sabios”. Inclusive cuando este dominio pretende fundarse en razones científicas, según el criterio de sabios probadamente tales, resulta del todo inaceptable, ya que de una u otra manera acaba por generar un nuevo tipo de aristocracia, que puede llamarse intelectual, por oposición a la tradicional aristocracia de la sangre o a la nueva aristocracia del dinero (plutocracia). Esta nueva aristocracia del saber puede resultar tanto más opresiva cuantos más recursos intelectuales y más poder científico-tecnológico posea. Bakunin parece prever así el desarrollo de una tecnocracia tal como la que hoy tiende a imponerse tanto en los países capitalistas como en los denominados “socialistas”, y la rechaza con toda energía, considerándola “sumamente odiosa y perjudicial para la causa de la libertad”.
La primera tesis es aclarada mediante notas. En la primera de ellas dice Bakunin: “El conocimiento positivo y racional es la única antorcha que ilumina el camino del hombre hacia el reconocimiento de la verdad y el ordenamiento de su conducta y de la relación con la sociedad que lo rodea. Pero ese conocimiento está expuesto a errores, y aunque no fuera este el caso, igual sería presuntuoso pretender gobernar a los hombres contra su voluntad en nombre de tal conocimiento. Una sociedad verdaderamente libre puede agradecer al conocimiento un doble derecho, cuyo goce constituye al mismo tiempo un deber: primero, la instrucción y la educación de los individuos de ambos sexos, por igual accesible y obligatoria para los niños y adolescentes hasta que alcancen la mayoría de edad, momento en el que debe cesar todo tutelaje, y segundo, la difusión de ideas y de sistemas de ideas basados en un conocimiento riguroso, y el esfuerzo, con la ayuda de una propaganda absolutamente libre, de hacer que esas ideas lleguen a imbuir profundamente las convicciones universales de la humanidad”.
Bakunin no pretende, en modo alguno , restarle valor o utilidad a la ciencia. Por el contrario, como la mayoría de los anarquistas, demuestra hacia ella una gran estima y una confianza tal vez excesiva. No es, en todo caso, la religión o la metafísica quien está llamada a alumbrar a los hombres en la teoría (esto es, en la búsqueda de la verdad) o en la práctica (es decir, en su comportamiento individual y colectivo) sino únicamente la ciencia. Pero, a pesar de todo, la ciencia tiene sus límites que están dados en primer lugar por el carácter empírico y experimental de la misma, que supone una continua conquista de la verdad y una incesante superación del error, de tal manera que la ciencia, nunca definitiva ni absoluta, nunca carece tampoco de errores. He aquí por qué no se puede mandar a los hombres y constreñirlos en su nombre.
Pero, aún cuando la ciencia no fuera siempre provisoria ni estuviera sujeta a correcciones perpetuas, aún cuando poseyéramos un saber pleno y total, no se ve por qué razón este conocimiento debería imponerse a los individuos contra su voluntad y su deseo. En realidad, la ciencia y el conocimiento sólo pueden determinar eficazmente la conducta humana cuando son asimiladas y pasan a formar parte de las convicciones íntimas de cada individuo, no cuando se presentan como un dogma o son impuestas desde afuera como una ley.
En una sociedad libre el conocimiento debe ser puesto al alcance de todos los niños y los adolescentes sin distinción alguna: educación e instrucción constituyen un derecho y, simultáneamente, un deber de cada hombre.
No se puede pasar por alto el hecho de que Bakunin suponga que tal derecho y tal deber implican una cierta coacción o un cierto imperio sobre el educando. Esto se justifica, para él, por la imperfecta condición de la libertad del niño y por su relativa incapacidad de determinarse. Pero es claro que, al llegar a la mayoría de edad, cada tutela y todo imperio deben desaparecer.
En una sociedad libre existe asimismo absoluta posibilidad de divulgar ideas (y, sobre todo, aquellas que se fundan en la ciencia) y de propagarlas hasta que sean aceptadas y vividas por los hombres. Fuera de esto, el conocimiento y la ciencia no han de tener otra fuerza que la que deriva de su propia naturaleza y de su intrínseco poder de persuasión.
En la segunda nota o corolario de su primera tesis dice Bakunin : “Si bien rechazamos definitivamente todo tutelaje en el que el intelecto desarrollado por el conocimiento y la experiencia -por experiencia en los negocios, por experiencia mundana y humana- pueda intentar imponerse sobre las masas ignorantes, nos hallamos lejos de negar la influencia beneficiosa y natural del conocimiento y la experiencia sobre las masas ignorantes, nos hallamos lejos de negar la influencia beneficiosa y natural del conocimiento y la experiencia sobre las masas, siempre que esa influencia se haga valer muy simplemente, a través de la incidencia de los intelectos más elevados sobre los inferiores, y siempre que, por otra parte, esa influencia no esté revestida de ninguna autoridad oficial o dotada de cualquier privilegio, ya sea político o social. Ambas cosas producen la esclavización de las masas y asimismo acarrean la corrupción, la disgregación y el embotellamiento de quienes se hallen dotados de tales poderes”.
El poder intelectual que brindan el conocimiento y la experiencia no puede ser utilizado para dominar la masa ni para someter al pueblo ignaro. Esto no sería en el fondo más justo que utilizar la fuerza física para subyugar al débil o al raquítico, y aún diríase que sería peor, ya que cien débiles pueden rechazar, uniéndose, a un fuerte, pero cien ignorantes jamás vencerán a un sabio.
Esto no quiere decir, sin embargo, que Bakunin desconozca la benéfica influencia de la educación y de la difusión del conocimiento y de la ciencia, sobre las masas populares. La influencia de la filosofía y la ilustración y del positivismo es demasiado fuerte en él como para que pudiera desconocerlo, Lo que, en verdad, no admite ni puede admitir es la imposición del conocimiento y de la ciencia, sobre todo por parte del Estado. Advierte con lucidez que la educación en manos del Estado, aunque se trate de una educación “científica” (y aunque la imparta un Estado científicamente socialista), constituye un arma tremenda de indoctrinamiento y avasallamiento mental.
“II. La negación del libre albedrío y del derecho a castigar de la sociedad. Todo individuo humano, sin excepción no es sino un producto involuntario del medio social y natural. Cuatro son las causas básicas de la inmoralidad del hombre: 1.- la carencia de higiene e instrucción racionales; 2.- la desigualdad de las condiciones económicas y sociales; 3.- la ignorancia de las masas, que emana naturalmente de su situación; y 4.- la consecuencia inevitable de todas esas circunstancias; la esclavitud. La educación, la instrucción racional y la organización de la sociedad sobre una base de libertad y de justicia van a tomar el lugar del castigo. Durante el período de transición más o menos prolongado que necesariamente seguirá a la revolución social, la sociedad, al tener que defenderse de individuos incorregibles -no criminales sino peligrosos-, nunca les aplicará otra clase de castigo salvo el de colocarlos más allá de los límites de sus garantías y de su solidaridad, es decir, el castigo de expulsarlos”.
La negación del libre albedrío es una consecuencia del materialismo; la negación del derecho a castigar, es a la vez, una consecuencia de la negación del libre albedrío y del principio de autoridad (negado en la tesis primera).
Si cada hombre es lo que es, porque así lo han hecho la naturaleza y la sociedad (que es una prolongación , o mejor, una parte de la naturaleza) difícilmente se le podría pedir cuentas de lo que hace o deja de hacer.
¿Cómo se explican, pues, el crimen, el delito, la inmoralidad? Bakunin tiene para esta pregunta una respuesta acorde con la posición naturalista que ha adoptado. Las causas de la inmoralidad y del delito (o lo que así se denomina) son, sin embargo, para él, esencialmente sociales (y no biológicas). Es el medio y no la herencia lo que determina la criminalidad.
Los malos hábitos higiénicos y la ignorancia, que son consecuencia de la pobreza, y que, a su vez, generan la esclavitud, son, en definitiva, raíces de toda inmoralidad. El castigo carece, pues, de sentido. Sólo cabe sustituirlo racionalmente por la eliminación de aquellas raíces, es decir por la educación (que acaba con la ignorancia) y por la organización de una sociedad justa (que acaba con la pobreza, la desigualdad, la esclavitud).
No ignora, ciertamente, Bakunin la necesidad que la sociedad tiene que defenderse de quienes la atacan. Estos no son, en rigor, “delincuentes” (puesto que no son culpables, al carecer de libre albedrío). Pero no por eso dejan de constituir un peligro para los demás miembros de la sociedad (como un rayo, una avalancha, un tigre, una epidemia). Es preciso, por tanto, defenderse de ellos. Para eso, no es necesario eliminarlos físicamente, ni siquiera encerrarlos. Puesto que se trata sólo de evitar que sigan perjudicando a los otros individuos y a la sociedad, basta con alejarlos, expulsándolos.
No tendría sentido , para Bakunin, hablar de la pena como remuneración de una conducta a través de la ley del Talión, pero, en verdad, tampoco lo tendría hablar de la reforma del delincuente mediante la privación de la libertad y la cárcel, cualquiera fuese la modalidad de la misma.
Por otra parte, ¿puede imaginarse una pena mayor que la expulsión de la sociedad y la negación de toda solidaridad y ayuda?.
“III. La negación del libre albedrío no implica la negación de la libertad. Por el contrario, la libertad representa el corolario, el resultado directo, de la necesidad natural y social”.
Bakunin niega el libre albedrío desde un materialismo determinista que considera la naturaleza como un todo regido por inflexibles leyes mecánicas. Admitir la existencia de un acto libre de la voluntad equivaldría a admitir una excepción en esas leyes, una ruptura y un nuevo inicio en la universal cadena de las causas.
El hombre, en cuanto parte de la naturaleza, debe interpretarse, según él, como un ente plenamente natural, cuyo comportamiento se explica por las leyes de la naturaleza, de las cuales las leyes de la sociedad forman parte. Acudir a la idea de la voluntad libre, que se autodetermina (en mayor o menor Grado), implicaría, dentro de tales supuestos, acudir a un factor sobrenatural y aún milagroso; comportaría un tácito reconocimiento de una instancia superior y extramundana. El antiteologismo de Bakunin postula y exige su determinismo.
(Continuará)Publicado en la Revista Orto Año VI Num 30 Mar Abr 1985 Barcelona, España, pp 4-6
Nota importante: Estamos en la búsqueda de la segunda parte de esta serie. Disponemos de la I, III, IV, V, VI y VII entrega. Aún cuando pueden leerse y entenderse por separado nos anima completar este texto, si conoces, posees el escrito II y deseas colaborar en su ampliación, escríbenos a: archivocappelletti@gmail.com, Muchas Gracias!!!!.
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