El 5 y último punto del programa está, a su vez, relacionado con el 4, y aparece como una consecuencia de todos los anteriores. Todos los niños tienen el derecho de ser instruidos y educados por la sociedad. Esto significa que la sociedad asume el compromiso de cuidar y alimentar a todos los menores de edad; más aún, de proporcionarles una educación moral que los haga aptos para la vida social y para el trabajo dentro de la comunidad industrial o agrícola y una instrucción fundada en la ciencia contemporánea y en la aplicación de la misma a la transformación del mundo natural (técnica). Tal instrucción, en sus niveles más elevados (en lo que llamaríamos hoy universidad y escuela técnica superior) debe ser no sólo igual para todos, lo cual significa accesible a todos, sino también obligatoria para todos. No se trata, pues, solamente de lo que los pedagogos socialistas y demócratas llamarían más tarde “escuela única”, sino también de la obligación de la sociedad de abrir todos los tesoros de la cultura y de la ciencia para todos sus miembros por igual. Al último punto dedica Bakunin, como se ha podido ver, un extenso comentario, como si el tema de la educación, por haber sido menos discutido por él que los anteriores, exigiera una explicación particularmente detallada. Consecuente con su filosofía materialista y cientificista, Bakunin opina que la escuela debe sustituir a la iglesia, lo cual quiere decir: a.- proporcionar una adecuada concepción del mundo y de la vida, estrictamente fundada en los resultados de las ciencias naturales y sociales (excluyendo tanto la teología como la metafísica), b.- proveer valores y normas de conducta acordes con tal concepción y con las exigencias naturales de una sociedad colectivista, sin Estado y sin clases. En el segundo objetivo la escuela hace también las veces de la familia tradicional. Bakunin, heredero como la mayoría de los anarquistas, de la fe iluminista en la educación, llega a suponer que ésta, impartida en el seno de una sociedad socialista y anárquica, debe hacer inútil toda forma de represión y relegar al museo de los monstruos del pasado al policía, al juez, al verdugo, al carcelero. En todo caso, lo que la educación no logre en este terreno tendrán que lograrlo (o intentarlo) la medicina y la psiquiatría (que son formas radicales de la pedagogía). Otro problema que Bakunin se plantea es el de la propiedad de los niños. Naturalmente no puede admitir que los niños sean propiedad del Estado o de la Iglesia, cuya radical supresión desea, pero tampoco puede conceder que pertenezcan a la familia, porque, de hacerlos así, estaría reforzando la estructura patriarcal de ésta. Sin embargo, tampoco, puede sostener que los niños se pertenecen a sí mismos, como algún lector esperaría, porque ello supondría que aquéllos están ya en plena posesión de su libertad, lo cual él no admite. Tal libertad es, para Bakunin, sólo potencial durante la infancia y adolescencia, ya que la actualización de la misma supone una plena autoconciencia, esto es, un sentido claro de la propia dignidad humana y, además, de la dignidad y libertad de los demás hombres, todo lo cual no puede adquirirse sino a través de la educación y de una larga convivencia, con la maduración del entendimiento y de la personalidad. Afirma, por eso, con una bella expresión, que los niños pertenecen a su libertad futura. Quien debe custodiar la libertad potencial del niño y conseguir su realización o maduración es la sociedad; a ella le corresponde pues, el papel de guardiana de la infancia y de la adolescencia; a ella que, una vez suprimida la herencia, será depositaria de todas las riquezas acumuladas por el trabajo humano, le toca con justicia la obligación de cuidar material y espiritualmente del desarrollo de los niños. A los padres les corresponderá sólo el derecho de amarlos y de ejercer sobre ellos la autoridad que deriva de tal amor, siempre que ella no interfiera con la moral (esto es, con la solidaridad social) y con su libertad futura. Debe admitirse que el pensamiento de Bakunin no está aquí muy claramente formulado: es difícil determinar hasta dónde llega una autoridad derivada del amor, sobre todo cuando en nombre del amor (a las almas) también los inquisidores quemaban a los herejes; por otra parte, no se ve de qué modo la custodia de la sociedad coexistiría con esta amorosa autoridad de los padres ni tampoco por cuáles medios cumpliría la sociedad, esto es, industrial o agrícola, las diversas y complejas tareas que implica la educación y la instrucción desde el kindergarten hasta la universidad (o sus equivalentes). De todas maneras, no son éstas las objeciones que se puedan formular a su pensamiento pedagógico. Desde un punto de vista anarquista cabría objetar la concepción pesimista de la naturaleza del niño. Tal vez haya en éste mucha más libertad de la que Bakunin supone. Así, por lo menos, lo han visto los pedagogos libertarios que han venido después de él y hasta nuestros días. Pero, si la libertad del niño no es meramente potencial, como Bakunin cree, sino algo actual y real, como opinan esos pedagogos, es claro que el niño se pertenece a sí mismo y debe ser tratado como una personalidad plenamente autónoma, por lo cual todo género de coacción y de imposición quedan excluidas. De ninguna manera tales educadores libertarios podrían aceptar que los menores, como Bakunin afirma sean “incapaces de razonar y de gobernar conscientemente sus actos”; y que en la educación de los mismos el principio de tutelaje y de autoridad “encuentre una esfera natural de aplicación”. Es indudable que el mismo Bakunin rechaza en el plano político la idea de llegar a la libertad por medio de la autoridad. Más aún, una gran parte de su energía polémica en los últimos diez años de su vida se dirigió contra quienes de una manera u otra defendían tal idea. No resulta, pues, muy convincente su empeño en demostrar que el propósito de la autoridad en el terreno pedagógico “debe ser el preparar a los niños para la mayor libertad”. Quienes sostienen hoy que también en la educación a la libertad se llega por la libertad son más bakuninistas que Bakunin, lo cual quiere decir más lógicos que él y más consecuentes con los principios generales sentados por él mismo.
Cuando Bakunin sostiene que la educación en la sociedad futura debe ser al mismo tiempo “científica y profesional”, está pensando sin duda en una educación que integre lo intelectual con lo manual, el conocimiento teórico con el trabajo agrícola-industrial. Esta idea será ampliamente desarrollada también más adelante por Kropotkin.
No deja de ocuparse Bakunin del destino de los jóvenes, que una vez concluida su educación, llegan a la edad adulta. Éstos tendrían la opción de ingresar en alguna de las asociaciones agrícolas o industriales que integrarán la sociedad. Tal opción será prácticamente una obligación, ya que, habiendo sido transferida la tierra, el capital y los instrumentos de trabajo, a dichas asociaciones, el trabajo individual y aislado será de hecho imposible y la competencia comercial carecerá de sentido. Nadie, por otra parte, podrá sacar provecho del trabajo ajeno y todo el mundo sin excepción tendrá que aportar, para vivir, su trabajo personal. ¿Qué sucederá, sin embargo, si alguien no quiere hacerlo? Tendrá que morirse de hambre, a no ser que encuentre una asociación que le dé de comer por lástima, aunque en ese caso quedará despojado de todos sus derechos políticos, esto es, de la dignidad intrínseca de todo miembro de una asociación de productores. Bakunin confía, sin embargo, mucho en la opinión pública y en lo que los sociólogos llaman hoy “la presión social”. Desde luego, se trata de una fuerza no gubernamental, que no tiene su origen en el Estado sino en la sociedad como tal; se trata de un poder inmanente y no trascendente.
Cabe preguntarse, sin embargo, -y algunos anarquistas posteriores así lo han hecho- si esta coacción de la opinión pública, por más inmanente que sea, no puede llegar a ser algo tan opresivo como el mismo orden jurídico estatal. No queremos discutir el problema aquí, porque nos llevaría demasiado lejos. Basta con dejarlo planteado, y con recordar que el propio Bakunin lo vislumbra en Dios y el Estado.
“XIX. En bien de su emancipación económica, plena y radical, los trabajadores deben exigir la abolición total del estado y de todas sus instituciones”.
La última tesis es, sin duda, una de las más características del pensamiento de Bakunin: la liberación económica no puede lograrse sin la política; no puede abolirse la propiedad privada sin abolir al mismo tiempo el gobierno; es imposible construir una sociedad sin clases sin destruir simultáneamente el Estado.
En la nota primera desarrolla el concepto de éste y da una definición del mismo. “¿Qué es el Estado? Es la organización histórica del tutelaje, divino y humano, aplicado a las masas del pueblo en nombre de alguna religión o de alguna pretendida capacidad excepcional y privilegiada de una o de varias clases de poseedores de la propiedad, en detrimento de las grandes masas de trabajadores, cuyo trabajo forzado es explotado cruelmente por esas clases. La conquista, de la cual proviene el fundamento del derecho de propiedad y del derecho de herencia, es también la base de todo Estado. La explotación legitimada del trabajo de las masas en beneficio de determinado número de dueños de la propiedad, consagrada por la iglesia en nombre de una divinidad ficticia que siempre ha estado del lado del más fuerte y más hábil; esto es lo que, actualmente, se denomina derecho. El desarrollo de la prosperidad, el lujo y el intelecto sutil y desnaturalizado de las clases privilegiadas -desarrollo que necesariamente se enraíza en la miseria y la ignorancia de la inmensa mayoría de la población- es denominado civilización; por último, la organización que garantiza la existencia de este conjunto de iniquidad histórica es llamado Estado. Por esto los trabajadores deben desear la destrucción del Estado”. Al afirmar que el Estado es una organización histórica, quiere decir que no se trata de una estructura ontológica, de algo necesario y supratemporal, que existió desde el momento mismo en que comenzó a existir el hombre como ser social. El Estado es, pues, una forma que comienza a tener la sociedad, es una determinada organización de la misma, que se caracteriza por la existencia de una autoridad ejercida sobre el pueblo, lo cual implica una división permanente entre el que manda y el que obedece. Tal autoridad o tutelaje se ejerce siempre, ya sea en nombre de una religión, es decir, de un poder sobrenatural, ya en nombre de un poder natural que se atribuyen los propietarios (saber, experiencia, habilidad técnica, virtud y honestidad, etc.), y se ejerce también en perjuicio de la clase trabajadora, de cuyos esfuerzos se aprovechan los propietarios de la tierra, los medios de producción y el capital. Decir “Estado”, es decir, entonces, sociedad jerárquica y fundada en la explotación de la mayoría por una minoría.
Según la concepción bakuninista pretender distinguir el Estado de la sociedad de clases es una pura argucia dialéctica, por no decir un mero paralogismo o un sofisma. La propiedad privada (y la herencia que la perpetúa) por una parte, el Estado y el gobierno por la otra tienen de hecho, es decir, históricamente, el mismo fundamento: la conquista, el triunfo de las armas, la imposición de la fuerza. El derecho, tal como lo entiende la sociedad burguesa, no es ora cosa que la explotación del trabajo de la mayoría por parte de la minoría que detenta la propiedad del capital y los medios de producción, el cual recibe la consagración y la bendición de la Iglesia, en nombre de un ídolo o divinidad imaginarios. El papel de la Iglesia es, por consiguiente, el de corroborar en el plano de la fantasía el poder de los más fuertes y astutos sobre los más pobres y simples, y tal papel lo han cumplido a lo largo de toda su historia. La civilización, a su vez, es sólo el brillo de la riqueza y el refinamiento del intelecto que en medio de ella surge, pero que se nutre del sudor y la sangre de la gran masa de los trabajadores. El Estado, en fin, puede ser considerado como el armazón general o, si se prefiere, como el sostén de toda esta serie de perversiones y crímenes que se dan a lo largo de la historia de la humanidad. ¿Cómo podrían pues, los trabajadores dispuestos a cambiar radicalmente el orden de la sociedad dejar de existir, antes que nada, la supresión del Estado?.
(Continuará)
Publicado en la Revista Orto Año VI Num 35 Ene Feb 1986 Barcelona, España, pp. 4 y 5.
Nota importante: Estamos en la búsqueda de la segunda parte de este texto. Disponemos de la serie desde la 1era, hasta la 7ma. faltando la segunda entrega. Aún cuando pueden leerse y entenderse por separado nos anima completar este importante escrito, si conoces, posees el mismo y deseas colaborar en su ampliación, escríbenos a: archivocappelletti@gmail.com, Muchas Gracias!!.
0 responses so far ↓
Aún no hay comentarios... demuestra que eres una persona con personalidad y opina..
Dejar un comentario