Archivo Historico Angel Cappelletti

La libertad cósmica en Jordano Bruno (II)

15 Septiembre 2008 · No hay comentarios

Mientras tanto, tal vez la nostalgia de la tierra itálica y las tentadoras ofertas del patricio Giovanni Mocenigo, que deseaba aprender de él los secretos de la memoria, decidieron a Bruno a trasladarse as Venecia. Durante unos meses fue así, preceptor del joven noble, pero éste no tardó en sentirse decepcionado con tales enseñanzas: el filósofo exponía la nueva filosofía “nolana” llamada, según él, a revolucionar el pensamiento y la cultura toda de Occidente, y Mocenigo esperaba sólo la revelación de ocultas fórmulas mnemotécnicas o quizá también alquímicas y mágicas. Resentido y mezquino, denuncia a Bruno ante la Inquisición, que lo encarcela el 23 de mayo de 1592.

           

El proceso largo, irregular y complicado se prolongó durante casi ocho años, primero en Venecia y luego en Roma. Entre las principales acusaciones que se presentaron contra el filósofo estaba, como es lógico, la negación de los dogmas básicos de la ortodoxia católica: el de la Trinidad y el de la encarnación  del Verbo. También se le acusó de negar la transustanciación y la misa, de reducir los milagros de Cristo a actos de ilusionismo mágico, de afirmar la pluralidad de los mundos, de inclinarse a creer en la metempsicosis. Mucho le perjudicó asismismo su predilección por los estudios mágicos (tan comunes, sin embargo, entre filósofos y humanistas de la época). Y, por si esto fuera poco, se le imputó el haber arrojado al Tíber a quien en Roma lo delató ante la inquisición.

           

El 8 de febrero de 1600, en el Palazzo Madruzzi, dictaron los jueces del “sacro” tribunal su sentencia y condenaron a Bruno, fraile apóstata y rebelde, como hereje impertinente y pertinaz. Nueve días más tarde, al amanecer del 17 de febrero, fue quemado vivo en el Campo dei fiori. Afrontó la espantosa muerte con una serenidad y una fortaleza que hubiera envidiado Séneca y que sólo puede ostentar quien tiene la plena convicción de la verdad de su doctrina. En 1889 se le erigió allí mismo una estatua, que es al mismo tiempo celebración de la libertad filosófica llevada hasta el heroísmo y acusación perpetua a las instituciones, los hombres y las ideas que encendieron aquella hoguera7.

           

El Universo aristotélico es eterno, o infinito en el tiempo, puesto que no tuvo comienzo ni tendrá fin. Dios o el Acto Puro, casusa final del mismo, es tan eterno como él. A esta infinitud temporal no le corresponde, sin embargo, una infinitud espacial. Para el estagirita, el Universo es único y finito. En su centro se encuentra la tierra, fija y carente de cualquier movimiento. Alrededor de ésta se mueven, con un movimiento circular perfecto, una serie de esferas concéntricas, constituidas por éter y animadas con un alma intelectiva inmortal. La última esfera, la más perfecta de todas, está directamente movida por el Motor inmóvil. Según el sistema astronómico de Callito de Cizico, a quien Aristóteles seguía, el número de tales esferas es de treinta y tres, pero a fin de poder explicar el movimiento total de los astros en el cielo, se ve obligado el estagirita a elevar este número hasta cuarenta y siete (Cfr. Metaph. 1074 a).

           

Más allá de la última esfera no hay materia ni espacio alguno. Para solucionar las muchas dificultades que presentaba este sistema geocéntrico, propuso luego Aristarco su propio sistema heliocéntrico, pero el mismo no fue en general aceptado en su época. Toda la ciencia astronómica posterior se dedicó a perfeccionar el geocentrismo, el cual culminó en Ptolomeo. Éste, para dar razón de los complejos movimientos astrales, asimiló y desarrolló el sistema de órbitas excéntricas y de epiciclos, ideado por Hiparco 8

           

El universo aristotélico era, pues, no sólo finito sino también jerárquico. Giordano Bruno propone una concepción diametralmente opuesta, en la que el universo es infinito y sin barreras ni jerarquías. Para Aristóteles, la tierra es el centro; para Bruno, el centro está en todas partes. Para Aristóteles, cada astro y cada esfera posee una intrínseca y esencial dignidad según su mayor proximidad respecto al primer cielo y al Motor inmóvil; para Bruno, puesto que no hay centro ni última esfera continente, puesto que cada astro y cada átomo resume en sí la totalidad del Cosmos, la misma idea de jerarquía carece de sentido.

           

Pero esta afirmación de la igualdad cósmica podría concebirse en un universo lleno de murallas y de límites internos, que coartan el movimiento de los cuerpos y su libre circulación, como es el caso del universo aristotélico-ptolomaico. Bruno niega todos esos límites; concibe el Cosmos sin murallas y afirma así, junto a la igualdad, la libertad de los seres. Por eso, en La Cena de le cenari se presenta a sí mismo como  “aquél que ha abarcado el aire, penetrado el cielo, recorrido las estrellas, traspasado los límites del mundo, hecho desaparecer las fantásticas murallas de las primeras, octavas, novenas, décimas y otras esferasque se habrían podido añadir, según las opiniones de varios matemáticos y la ciega visión de vulgares filósofos”.

           

La cosmología de Bruno y, junto a ella, su metafísica, se fundamenta en el nuevo sistema astronómico de Copérnico.

           

Este canónigo de Frauenberg había sostenido, en la primera mitad del siglo XVI, que el sol ocupa el centro de nuestro sistema planetario. La tierra gira cada año en torno a él, y tiene además otros dos movimientos: da vueltas alrededor de su eje (cada veinticuatro horas) y tuerce dicho eje (lo cual ocasiona los solsticios y equinoccios). En 1543, al publicar su obra De revolutionibus orbium caelestium, dejaba inaugurada la astronomía moderna, basada en la observación y en el principio de economía de la naturaleza y del pensamiento.

           

Sin embargo, aunque Copérnico considera su sistema como algo más que una mera hipótesis, según bien lo advertía Gassendi y según el propio Giordano Bruno hace notar en La cena de le ceneri, tal sistema resulta para éste imperfecto o incompleto. No afirma, en efecto, la infinitud del Universo, y al considerar al sol como centro del sistema solar lo juzga igualmente como el centro del Cosmos, lo cual no tiene sentido si éste carece de límites.

           

Es claro que también en la afirmación de la infinitud del universo tiene Bruno predecesores. Y al decir esto no nos referimos únicamente a autores más o menos oscuros, como Thomas Dignes, que fue contemporáneo de Bruno9, sino al Cardenal de Cusa 10 y a los venerables padres del pensamiento filosófico griego, como Anaximandro y Anaxímenes11.

           

Pero defender la infinitud del Universo quiere decir, para Bruno, borrar límites y romper cadenas; reivindicar para el hombre, que no es ya el habitante privilegiado del centro inmóvil del Cosmos, la libertad y el sentido de la aventura y del riesgo. Así como un siglo antes Colón Había demostrado, sin proponérselo, que Europa no era el único continente habitado ni necesariamente el centro de la humanidad, así Bruno quiere probar que ni la tierra ni el sol constituyen el centro único e inmóvil del Cosmos. Y así como el descubrimiento de Colón libera al hombre europeo de la servidumbre que lo ata a su tierra y lo proyecta a través del desconocido océano hacia desiertos y selvas llenas de peligro, hacia desconocidos y deslumbrantes imperios, hacia insospechadas y exóticas culturas, así la nueva concepción del universo que Bruno propone intenta suscitar una nueva y libérrima humanidad, dispuesta a explorar, aunque más no sea con la mente, los insoportables abismos cósmicos y a despreciar todas las imaginarias murallas (que no son sólo las de la astronomía aristotélica-ptolomaica sino también las de la teología escolástica y las del dogma católico) hacia la infinitud del Universo que no es otra cosa sino la infinitud de Dios12.

           

Ya en La cena de le ceneri (diálogo tercero) refuta, como consecuencia de esta visión infinitista del Todo, las ideas de los astrónomos de su época sobre el tamaño de los astros y se opone a la artificiosa simetría que éstos intentan introducir en su imagen del universo.

           

Allí mismo, como nueva y consecuente expresión de su anti-aristotelismo, defiende vigorosamente la homogeneidad del Cosmos y niega toda distinción entre una materia sublunar (integrada por los cuatro elementos), sujeta a un movimiento lineal, y una materia astral (constituida por el quinto elemento o éter), dotada únicamente de un movimiento circular (o perfecto). De esta manera se opone a la concepción eminentemente jerárquica del aristotelismo y, junto con la libertad, reivindica en el universo la igualdad: “Los otros globos que son tierras, no son en ningún aspecto diferentes de éste (la tierra) en cuanto a la especie; la desigualdad se da sólo por el hecho de ser más grandes o más pequeños”13.

           

Es verdad que Bruno, en el cuarto diálogo de La cena de le ceneri, con una actitud que podría llamarse “averroísta”, distingue entre la religión, que tiene por objeto dirigir la vida y dictar normas de conducta para la mayoría (el pueblo), y la filosofía, cuya misión es enseñar a una minoría (los sabios) la naturaleza de las cosas y la verdad pura.

           

Es verdad asimismo, como han señalado Fenu y otros varios autores, que Bruno suele mostrar un gran desprecio por la plebe junto con una exaltaciónexagerada de su propio valer y una seguridad dogmatica en sus afirmaciones que hacen decir a W. Zaburgh que ningún otro filósofo le causa la impresión de una tan áspera tentativa de dictadura intelectual14.

           

Se trata del mismo tipo de desprecio que sentía Heráclito, dirigido contra la estupidez y la ignorancia, y no contra determinada clase social o profesión, ya que, sin duda, entre la plebe que Bruno desprecia y abomina se encuentran los doctores de Oxford, la mayoría de los aristócratas y cortesanos, casi todos los obispos y dignatarios eclesiásticos, etc., además de la gran masa de los campesinos y artesanos. Una actitud semejante encontramos en Voltaire y otros enciclopedistas. La adoración “sui generis” de las propias opiniones se le ha reprochado a Marx. Y no por eso hemos de considerar a Voltaire, Marx y compañía, como parece pretender Fenu, “in contradiziones aperta col libero pensiero”15.

(Continuará)


7 Sobre la vida de Bruno puede consultarse: V. Spampanato, Vita di Giordano Bruno, con documenti editi ed inediti –Mesina- 1921. Sobre su proceso y su muerte: A.Mercati, Il Sommario del processo di Giordano Bruno –Cittá del Vaticano- 1942; L. Firpo, Il processo di Giordano Bruno –Napoli- 1944. También puede leerse el drama de Morris West, El hereje. Ya en el siglo pasado, C. Bassols publicó en Madrid (1879) un drama en verso sobre la pasión y muerte del filósofo.

8 Stephen F. Mason, Historia de la ciencia –p.61

9 Cfr. K. Volkmann-Schluck, Nikolaus Cusanus-Die Philosophie in Umbergang von Mittelalter zur Neuzeit –Frankfurt- 1957.

10 esta nota no fue incluida en la publicación realizada en el número 28 de la revista Orto Nota del transcriptor

11 Cfr. R. Mondolfo, L’infinito nel pensiero dei greci –Firenze- 1934.

12 Cfr. E. Namer, Giordano Bruno ou l’univers infini comme fondament de la philosophie moderne –París- 1966; G. Greenberg, The infinite in Giordano Bruno –New York- 1950.

13 “Bruno no separa los dos problemas del universo infinito y la pluralidad de los mundos, y las soluciones positivas que les da le parecen implicarse mutuamente”, dice P. H. Michel (La cosmología de Giordano Bruno –París- 1962, p. 251).

14 W. Zabughin, Storia del Rinascimiento Cristiano, Milano, 1984.

15 Op. Cit., pág. 31.

Publicado en la Revista Orto Año V Num 28 Nov Dic 1984 Barcelona, España, pp 5-7

 

Nota importante: Estamos en la búsqueda de la primera parte de este texto. Sólo disponemos de  la segunda y tercera parte. Aún cuando puede leerse y entenderse por separado nos anima completar esta serie, si conoces, posees el escrito y deseas colaborar en su ampliación,  escríbenos a: archivocappelletti@gmail.com, Muchas Gracias¨!!.

 

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